jueves, 10 de abril de 2008

El Tio Francisco


Hoy recuerdo la tarde en que, después de tantos años, volví a ver al Tío Francisco. No recuerdo bien que mes del año era pero si recuerdo que era un día caluroso en el cual apareció por mi casa.

Su cabeza gris y el cuerpo mucho más pequeño que el de aquel hombre que yo comparaba, por su figura con la gran higuera de mi casa en mi infancia golpeo mis recuerdos más puros de su figura diciéndome que el tiempo no perdona y sus huellas borran de un plumazo todo vestigio de imágenes pasadas. Sonrió. Me abrazo fuertemente, dentro de las fuerzas que le quedaban y me dio un beso diciendo “que estás grande mijito!” mientras pude sentir el tufillo de alcohol que envolvían sus palabras. Lo sabía porque era el mismo aliento que solía tener mi padre. Y mientras sentía sus –ahora menudos brazos- no pude evitar sentirme impresionado de lo mucho que había cambiado.

Los primeros recuerdos que tengo de mi tío Francisco son los de un hombre grande y de pelo negro, ensortijado, bien vestido, bonachón y sumamente cariñoso que llegaba a ver a mi abuela, bajándose del taxi de un conocido suyo que solía traerlo hasta la lejanía de mi casa, porque según él le salía más barato, aunque en realidad mi tío lo lo llamaba porque el taxista era un tipo que siempre solía ir donde mi tío lo llamara y a la hora que fuera en sus días de parranda. Mi tío se lo agradecía invitándole normalmente a tomar algo por ahí y algunas veces le pagaba otro día los viajes que el taxista hacia. Así fueron formando una especie de sociedad anónima ( y alcohólica) que duró hasta el día que mi tío partió al patio de los callados.

El Javier, su hijo, nunca logró tener una buena relación con mi tío. Javier solía decir que el tío era de otra época y gustaba de llamarle “El Antiguo”. De vez en cuando Javier caía preso, por una riña, por ebriedad ( aunque en honor a la verdad las dos anteriores siempre iban de la mano) o bien por desordenes en el estadio donde iba a alentar a la Universidad de Chile, de cuya barra, había sido unos de los fundadores.

Mi tío nunca logro entender el ritmo de vida de Javier. El siempre decía cuando estaba bebido que echaba de menos a su hijo Juan Carlos, mi primo que se suicidó. Algunos decían que fue una discusión con mi tío el motivo del suicidio y otros que el Juanca estaba drogado. Salió en los diarios. Recuerdo bien el recorte que mi mamá guardó y donde salía mi primo Juan Carlos en una foto familiar. Se había tirado a la línea del tren muriendo instantáneamente. Y mi tío lloraba cada vez que estaba bebido al pensar en su hijo que ya no volvería.

Nunca pude entender porque el tío Francisco era tan cariñoso con nosotros y tan severo con sus hijos y nunca pude comprender porque mi padre siempre fue distante con nosotros, su familia, pero con extraños era tan amable, al punto de que mucha gente no creía de todo el daño que le hacia a mi madre, sembrando la duda respecto de la veracidad del mal comportamiento de mi padre.

El tío Francisco era el tío que más me agradaba. Por un lado porque cuando iba a mi casa siempre, siempre llegaba con algo que comer y en mi época de infancia eso era la llegada de un mesías de las tripas. Muchas veces nos encontramos con mi hermano asando cebollas en el fuego, sólo sazonadas con algo de sal o bien recogiendo moras en las cercanías. Y en su casa, siempre me tiraba resbalando por las escaleras que iban al segundo piso. Y ese juego me gustaba mucho.

El tío siempre llegaba con un caja de mercadería en sus manos. “Pasen esa caja pa allá” decía y yo lo miraba con una gratitud que nacía del fondo de mis tripas y salía corriendo donde mi mamá a decirle que ya había venido el tío Francisco y que había pasado pa la casa de la abuela. Siempre fue así.

No llegaba jamás a la casa sin llevarnos algo que comer, conciente tal vez del accionar de mi padre, que no era muy preocupado que digamos y del cual muchas veces tuvimos que salir arrancando porque en sus deliriums tremens nos correteaba con una escopeta o cuchillo en mano creyéndonos parte de la pandilla de demonios que gustaban de asolarlo, cuando no, parte de las arañas gigantes que había en el techo y que según él venían a devorarlo y como en la cabeza de mi padre todos los gatos eran negros, más valía tener buenas piernas, antes que probarle que realmente éramos nosotros, mi mamá y sus hijos y no los demonios los que estábamos ahí, muchas veces llorando de miedo.

Siempre solíamos estar escondidos en la pieza de más al fondo cuando mi padre estaba en esos días, intentando meter el mínimo de ruido y contagiándonos por la simetría sonora de un reloj de pared, que terminó trastornándonos, pues todos mis hermanos detestan escuchar el sonido de uno de esos relojes rompiendo el silencio, con la típica frase “No me gusta cuando escucho ese reloj, me acuerdo de cuando era niño” como si todos se hubiesen puesto de acuerdo para memorizar y repetir a quien quiera escucharles lo mismo. Y como si al repetirlo vez tras vez lograsen exorcizar sus miedos infantiles.

Mi tío sabia de la conducta de mi padre y aunque nunca le escuché reprochándole nada sé que gran parte de sus visitas eran para ver el estado de las cosas y llevarnos algo que comer. Mi abuela vivía en la casa del lado con mi tío Raúl y no tenia un mal pasar. Eran sólo ellos dos (mi tío Raúl no se casó jamás aunque se le conocieron muchas mujeres, algunas de ellas, mujeres de otros) y vivía sus complejos edipicos en compañía de su madre, mi abuela que jamás me quiso. Allí llegaba el tío Francisco, saludaba a su madre y salía al patio a conversar.

Hoy recuerdo la tarde en que lo volví a ver y como de pronto se me agolparon como una avalancha de imágenes todos los recuerdos de mi infancia. Recuerdo el abrazo fraternal que me dio y su voz tan gastada, que ya no rompía la monotonía de mis juegos infantiles de antaño al verlo llegar. Yo no sé cuanto es que quise a mi tío, no sé bien si lo que realmente quería en él era el que me ofrecía por medio de sus atenciones a mi familia pequeñas alegrías culinarias que mi padre no aprendió nunca a darme o si veía en él lo que muchas veces no encontré en mi viejo.

No volvió a mi casa en bastante tiempo hasta que una tarde al volver a casa nos dijeron. El tío Francisco había muerto.

No se supo bien como fue. Y en mi niñez, tampoco entendía mucho. Decían que había estado bebiendo una vez más y había salido por ahí, que se resbaló en la calle y se golpeó la cabeza en la vereda, que a sus edad su cuerpo no lo soporto y que había fallecido casi instantáneamente. Que todo había sido muy rápido. Como todas las cosas en la vida.

Hoy recuerdo la tarde en que lo volví a ver y me pareció recordar su mirada, oír por un momento su voz y verme a mi mismo corriendo, patas de pajarito, y el corazón saltando de alegría, apurando el paso entre los árboles que había en mi casa, siendo otra vez un niño y oír la llegada de un auto, en la puerta de la calle, mientras oía la risa crepuscular, que espantaba los pájaros con su estruendo. La risa amable, de mi tío, el tío Francisco.

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